Ante algunos reclamos de tener descuidado este espacio (muy pocos, claro jajaja, pero finalmente de gente que nos sigue), regreso el día de hoy aprovechando que es día del niño… ¿Suena a cliché eso de regresar en una “fecha importante”? Si. La verdad lo hago porque es lo único que se me ocurre escribir en estos momentos, exento de mentadas de madre, numerosas palabrotas y demás cosas que tengo en la cabeza.

El día de hoy, supuestamente es un día para festejar a los niños, ¿festejar qué? Sinceramente no lo sé, pero si recuerdo que hace unos años era uno de los días que más esperaba en el año, pues era sinónimo de convivios escolares, regalos y un largo etcétera, además de que, afortunadamente, no estoy en el caso de un par de amigas que cumplen años este día y les juntaban el festejo (jajaja).

Recalcando algo que acabo de escribir…  “hace unos años era uno de los días que más esperaba en el año”, efectivamente, como muchos “adultos” (el concepto es demasiado amplio así que me referiré como “adulto”, a una persona de más de 22 años ok?), hoy en día yo ya no espero este día, me es indiferente, cosa curiosa porque yo era de las personas que siempre le decía a todo mundo que mantuviera a su niño interior, que lo sacara de vez en cuando y cosas así, que aún suelo decir pero ya no aplico. Pero, ¿por qué sucede esto? Bien, la explicación más sencilla que he encontrado, es tal vez la más acertada: niño = ingenuidad, ingenuidad = pendejo… y ¿quién quiere ser pendejo a estas alturas del partido?

Lamentablemente, conforme uno crece y se enfrenta a los diversos hechos que alteran el flujo ¿normal? de la vida, nos damos cuenta de que la ingenuidad es algo que debemos perder si queremos “triunfar” en este mundo. Puede que esto sea cierto, pues el ser ingenuo puede resultar en caer muchas veces a lo largo de la vida, o en ser pisoteado o dañado por otras personas, y nadie quiere pasar por eso. Sin embargo, con la pérdida de la ingenuidad se pierden muchas otras cosas: la capacidad de reír y divertirse con cualquier cosa, las ganas de probar cosas desconocidas sin temor a equivocarse, la confianza en los demás y, tal vez lo más importante, la capacidad de soñar.

Basta con recordar cuando éramos niños y soñábamos con lo que podríamos llegar a ser, prácticamente nos creíamos dueños del mundo, teníamos los pensamientos más puros, éramos inocentes, el dinero no importaba tanto (en el mejor de los casos, porque si me pongo a hablar en función de los llamados niveles socio-económicos, esto cambia), el tiempo no pasaba tan rápido… éramos ingenuos. Hoy, esas ideas se vuelven insulsas, tal vez estúpidas, por el simple hecho de vivir atados a un sistema que nos tiene controlados y que sino le seguimos el paso a como nos lo marca, nos quedaremos en el camino como un dato más.

Cuando creces te das cuenta que ya no eres inocente, ya no eres puro, la ingenuidad tiene que morir, porque al primer descuido ya hay otra persona lista para “comerte el mandado”, ¿o no? Y esto aplica en todos los aspectos de la vida diaria: trabajo, relaciones sociales, relaciones sentimentales, hobbies, todo!! Lo cuál, en lo personal, me parece es generador de una gran fuente presión y estrés constante para cualquier persona.

Resulta lamentable que la vida nos enseñe a “enterrar” a ese niño que llevamos dentro pues, como yo lo veo, mantenerlo vivo va relacionado con un mayor grado de satisfacción y felicidad, por lo que es posible que eso sea lo que esta pesando más en el mundo en estos días… Bien, pues ahí lo dejo, sólo como una reflexión, tal vez un poco sombría (aunque mucho menos de lo que esperaba, considerando que personalmente no son buenos días estos) y espero estar de vuelta pronto, una vez que pueda concentrarme jaja, tengo por ahí un par de temas guardados.

Nota: el título del post de hoy fue extraído de la canción “Sing the Changes” – The Fireman & Youth, por si alguien se interesa 😉

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